lunes, 17 de noviembre de 2014

Ilusa ilusión de verano


He querido atrapar la simiente misma de la vida
para tenerla conmigo eternamente.
La encerré en una caja de vidrio transparente
para poder verla a cada instante
y saber, con seguridad plena, que no iba a escapar.
No podía huir, la tenía bien cerrada, la caja.

Cada mañana, al despertarme, la contemplaba,
la simiente misma de la vida, y me concedía
con su sola presencia la fuerza suficiente para seguir.
Aprendí a soñar, a imaginar, a vivir,
pues había atrapado la esencia misma de la vida.
Era sólo mía, para mí, nadie lo sabía,
nadie lo suponía siquiera.

Como no podía abrir la caja,
la alimentaba con mis palabras de gratitud y fascinación,
todos los días, cuatro veces al día.
Creí que así se mantendría fresca,
que incluso crecería ante tanta adulación
y se acostumbraría a mí, la simiente misma de la vida.

¡Qué ingenuo! Se me acabó cierto día la dicha;
pálida hasta la extenuación, no pude conservarla conmigo.
Sucumbió de pena, de desamor
en su triste celda de cristal.
Y su asesino fui yo, maldito mi amor,
que acabó con la esencia misma de la vida.

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