He
querido atrapar la simiente misma de la vida
para
tenerla conmigo eternamente.
La
encerré en una caja de vidrio transparente
para
poder verla a cada instante
y
saber, con seguridad plena, que no iba a escapar.
No
podía huir, la tenía bien cerrada, la caja.
Cada
mañana, al despertarme, la contemplaba,
la
simiente misma de la vida, y me concedía
con
su sola presencia la fuerza suficiente para seguir.
Aprendí
a soñar, a imaginar, a vivir,
pues
había atrapado la esencia misma de la vida.
Era
sólo mía, para mí, nadie lo sabía,
nadie
lo suponía siquiera.
Como
no podía abrir la caja,
la
alimentaba con mis palabras de gratitud y fascinación,
todos
los días, cuatro veces al día.
Creí
que así se mantendría fresca,
que
incluso crecería ante tanta adulación
y
se acostumbraría a mí, la simiente misma de la vida.
¡Qué
ingenuo! Se me acabó cierto día la dicha;
pálida
hasta la extenuación, no pude conservarla conmigo.
Sucumbió
de pena, de desamor
en
su triste celda de cristal.
Y
su asesino fui yo, maldito mi amor,
que
acabó con la esencia misma de la vida.
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lunes, 17 de noviembre de 2014
Ilusa ilusión de verano
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