Llegamos Mónica y yo listas para escuchar a Olga Rodríguez. Acto de PODEMOS Andalucía. Sin desayunar nos acercamos a la cafetería justo enfrente del lugar, porque, aunque en teoría Teresa Rodríguez va a estar en la presentación de las jornadas y nosotras queríamos escuchar (nos motiva y nos gusta la pasión que desprende esta persona), pero la necesidad de un café resultó más poderosa que escuchar a Teresa. Al fin y al cabo, a quien veníamos a escuchar no era ella. Justo cuando entramos en el local para abonar nuestras consumiciones, veo que Olga está sentada en la mesa junto a la barra: libreta sobre la mesa, llena de apuntes y frases subrayadas, y el móvil en la mano. ¡Qué joven, claro, con el móvil! como habrían dicho para definirla las personas asistentes a las jornadas "Juventud en Positivo" si la hubieran visto sin saber quién era. Le digo a Mónica, "mira, esta es la persona a la que venimos a ver y escuchar. No vamos tarde, todavía está aquí la prota".
Empieza la presentación de las jornadas. Teresa no está, por motivos personales y asuntos varios, no ha podido venir a deleitarnos con sus experiencias y palabras tan motivantes. No pasa nada, de ttodas formas, sí que sabemos que la periodista está y no ha sido sustituida por nadie a última hora por el motivo que sea. Lícito, por cierto, cualquiera de ellos.
Tras las correspondientes palabras, entra en escena Olga. Coloca sus cosas sobre la mesa. Se aproxima el micrófono para comenzar. Insuficiente. Le cambian el micrófono por otro más potente. Se sienta, cruza las manos y descruza las piernas. Un gesto de poderío,quizá intencionado, quizá automáticamente reproducido por su experiencia en estas lides sociales. Su lenguaje corporal ya me indica que estamos ante una persona, mujer para más señas, independiente, empoderada y clara. Al menos, eso me transmiten sus movimientos. Nada más comenzar, hace referencia al lugar, las frases colgadas de las paredes, confirma su agrado por el lugar y comparte el gusto por la cultura allí presente, al menos en los muros. Hace un calor considerable; ventiladores de techo girando las aspas, abanicos resonando en las manos de algunas mujeres, y una leve corriente que pasa cuando algunas personas buscan una silla o un lugar desde el que contemplar la ponencia.
Silencio absoluto durante todo el tiempo que dura la exposición personal y objetiva de los datos, de la experiencia como corresponsal de guerra, de periodista especializada y experta en política internacional y concretamente, en Oriente Medio y el mundo árabe. Lo desconocía, admito, que estaba ante una conocedora del mundo árabe tan próximo al mío. Algunos datos certeros sobre la veracidad de sus palabras; algunas fotos mentales que nos traslada al detallar la inhumanidad perpetrada sobre personas siendo testigo visual de las mismas o recogedora de relatos ajenos. Escalofriante, espeluznante, sin palabras, sin saliva que tragar. Exposición clara, sincera y concisa. A la raíz: la violencia infinita a diario, pero lejos. Ella, el puente que une ambas. Hay quienes lo cruzan, hay quienes prefieren verlo de lejos, hay quienes traen la otra parte a esta, hay quienes quieren construir otros puentes por los que pasar y crear nuevas formas de ser y estar. Hay tantas opciones, aunque parece que solo una triunfa. El dolor instalado y arraigado; el miedo a verlo y enfrentarlo.
Acaba sus tiempo mostrando las dos salidas que ella ve: la paz como derecho universal e inalienable de cualquier persona ya, materializado mediante el cese de las guerras y los acuerdos basados en el diálogo o el desastre de la explosión violenta de tanto dolor creado, efecto natural al fin y al cabo.
Termina su tiempo. Decide que termina su tiempo, con un tono entre esperanzador, agrio y combativo a la vez. Aún ordenando en mi cabeza ese barrunto de información mezclado de sentimientos fuertes, comienza el desfile de la batalla que se libra cada día aquí, allí y en el orden de las cosas, parece ser. De todas las personas que deciden intervenir, 14 hombres y 3 mujeres. De las 14 exposiciones masculinas, 10 consistían en repetir la misma pregunta o apreciación. Las otras cuatro no repetían datos ni dudas, consistían en criticar con todo el poderío que sus voces fuertes les daba, la labor periodística de los medios y en concreto de la susodicha; cuestionar nuestra posición de peleles al subrogarnos al papel de USA en el escenario internacional (literalmente dijo algo así como: si ya sabemos que USA actúa así, es que no sé por qué consentimos que eso pase). Pero sin duda, la que más despertó mi necesidad, porque se tornó en necesidad mi curiosidad por preguntar a Olga un par de cositas, fue esa intervención en la que le indicaba que el periodismo, ella como representante, tendría que dejar de opinar sobre esos asuntos "de política internacional" y dejas que los expertos en la materia opinen. Cara de perplejidad, la mía. Cara de póker, la de Olga.¿qué entenderá el tertuliano por "expertos" si tiene delante a toda una experta formada, experimentada y comprometida con la verdad? La única respuesta que se me ocurre: sus huevos masculinos y los de sus congéneres.
Cierran el turno de palabra, anota Olga alguna de las preguntas repetidas, de nuevo, en su papel, y levanto la mano. Sin preguntar a Mónica, sin pensármelo dos veces más. Acabamos de asistir a la fotografía patriarcal de un espacio de participación, así le iba contando con detalles y explicaciones desde el enfoque de género, de las razones por las que se producen este tipo de situaciones. Levanto mi mano firme, cuando Olga se percata y con voz firme espeta: "allí hay varias manos, bueno, hay una mano de alguien que quiere preguntar, y además es una mujer". Su mano me apunta, y yo cómplice de sus palabras, mano y mirada, me levanto, me adelanto unos metros hasta apoderarme del micrófono que ya viajando hacia mí, mientras la gente allí no para de aplaudir. Mi discurso y pregunta la tenía muy clara. Tan clara como todo lo que había escuchado hasta el momento. Así que llega el momento de plantear mi duda y de hacer todo un reconocimiento a la trayectoria comprometida de Olga Rodríguez con el periodismo, con el mundo, con su mundo. Llega el momento de darle las gracias por existir, por ser inspiración y motivación para caminar hacia la utopía lejana, pero no imposible, de cambiar nuestro paradigma global. Acercar el universo lejano, kilómetros hasta otras realidades humanas, a este pequeño lugar del mapa llamado Málaga, llamada Carretera de Cádiz sin que parezca un espacio televisivo más, una nueva forma de hacer reality show, porque se trata de regar las semillas que ya están en nosotras y agradecer a quienes apuestan con su vida que sigan creyendo en el poder de las personas invisibles y anónimas que soñar es gratis y materializar los sueños es posible. Porque gracias a esas personas, en su momento anónimas, como Olga Rodríguez, el motor del cambio sigue rugiendo y a mí, concretamente, me inspira a vivir mi vida de esta manera. Lo personal es político, acercar lo global a lo local mediante el relato vivo de quien está enfrente, sus sentimientos, sus motivaciones , sus referentes, para convertirse en referente y fuente de energía de otras, es la fuerza de esta solidaridad entre seres silentes: mujeres.
Tras responder amable y gustosamente a mis preguntas, comienza a retomar el hilo patriarcal, cuando una señora del fondo se desvanece, se produce un revuelo ante los gritos de "un médico" (para qué una médica?), y Olga recoge sus cosas y baja del estrado. Ha terminado. Efectivamente, se trata de una conspiración feminista en toda regla. Tanto es así, que no hay necesidad de concretar complot previo. Surge por la simple y llana materialización de esa revolución feminista y necesaria que antes había mencionado en su discurso Olga: cambiemos el foco,resignifiquemos el mundo, reorganicemos la vida entorno a las personas. por fin. Porque es de lo que se trata.
Puedes seguir a Olga Rodríguez en Eldiario.es y @olgarodriguezfr (twitter)
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