CADENCIA: ritmo constante,
epílogo entre capítulos
infinitos
explican, a ciegas, el contenido
amorfo,
la constante cadencia del ritmo.
Fijas letras en papeles blancos,
aturdidas buscan la línea, la
cuadrícula maestra
para no perderse, para no
caerse,
para verse como el todo
fragmentado de las hojas cosidas de un libro.
Flotan en espacios
transparentes,
aturdidas porque buscan, buscan
y buscan
papeles para fijar sus cuerpos
ampulosos,
sus figuras informes
y conformar al fin el epílogo
real de la historia
anónima que las llama.
¡Qué estruendo! ¡qué estrépito,
mientras fluyen, flotan y no
hallan la línea maestra!
Se deshacen en partículas aún
más ínfimas
cuanto más se centran en hallar
las hojas blancas de ese libro
no escrito.
Herejes en un mundo de ateos,
sin importar qué piensan, que
quieren;
las páginas no escuchan el ritmo
cadencioso
de esas letras infames,
malditas,
expulsadas del paraíso letrado,
que siguen su curso hacia no
saben qué lugar.
¡Qué ignominia tan grande!
son letras de la perfecta
historia,
del perfecto escritor nacidas en
la hora perfecta.
Y es que cuesta tanto levantar
la mirada.
alzar la cabeza por encima de
los hombros
y contemplar, por unos
instantes,
el caos tan ordenado alrededor,
el trasiego rítmico del fluir
incesante de figuras
infames, inertes,
porque son las piezas impolutas
de un engranaje prefabricado.
Sobran esa ilusas herejes en el
esquema,
sin país, sin casa, sin nada.
Levanta la cabeza, sigue la
senda de un libro
que no podrá ser tuyo.
Una letra escarlata sobre el
pecho delata la existencia
de una fijación necia por querer
ser letra impresa
sobre papel satinado,
en cadencia armoniosa de la
frase correcta,
del lugar correcto,
y sentirse átomo indisoluble,
ente molecular, ser, ser, ser.
1998, 15 junio
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