lunes, 12 de octubre de 2009

Ágora

He visto la peli de Amenábar. Polémica por no llegar a transmitir ni conectar con el público, polémica por rozar el calificativo de superproducción, polémica al fin y al cabo. Muchos comentarios de gente nada más salir, comentarios en youtube, foros e incluso algún crítico de cine, indican que no han conectado con el mensaje que se halla inmerso en la peli, que por cierto son muchos.
He estado en la sala unos minutos más porque tenía las lágrimas muy contenidas, aunque algunas se han escapado de mi control y han salido de mis ojos. Vamos, he llorado sí. De entre todas las cosas que dibuja la película, con imágenes y alusiones directas, el tema del abuso de poder hacia las mujeres me crispa. Cualquier tipo de fanatismo religioso, disfrazado de política o al revés, que también vale, ya sabemos que no conduce a nada bueno y se destrozan tantas vidas, culturas, conocimientos, saberes, ideas, sentimientos que nadie niega ya esa cuestión. Pero lo que me ha llamado la atención de manera poderosa es como ese fanatismo tiene que encontrar siempre algo contra lo que luchar, algo contra lo que oponerse, algo que, si no estuviera, no le daría sentido a su existencia. El cristianismo de aquella época encontró primero enemigos en las creencias paganas, después en las judías y para terminar ya de rematar la situación, en el momento en el que aparentemente todos y todas están dentro de la misma fe, la ira y la amenaza a su poder la ven en la mujer. Acusada de impía, el alegato que esgrime el cristianismo para ello es que jamás ningún hombre debe someterse ni seguir los consejos o enseñanzas de mujer alguna. Jamás un hombre debe estar asesorado por mujer alguna. Eso, dice mucho.
El tema de la desigualdad entre hombres y mujeres me inquieta especialmente. No es un hecho aislado en nuestra sociedad española (hoy que celebramos, bueno, yo no, aunque me sumo al día festivo no laborable trabajando desde casa), se trata de un hecho muy común y extendido en todo el planeta.
Y ésa es otra de las cosas que me ha gustado también de la película: la manera en que Amenábar ha transmitido el cosmos y la relatividad de nuestra existencia en este lugar tan grande. Qué pequeñitos y pequeñitas somos y cuánto polvo levantamos por cuestiones tan insignificantes, para unas personas, pero tan vitales para otras. Ahí es donde entra en juego la fe y la religión: cuestionarse las creencias como una imposibilidad impuesta por la fe o como un deber del ser humano en sí, marca y seguirá marcando fronteras entre personas.
Me dejo más cosas que la película me ha transmitido y que me dan para hablar y dialogar. Intentaré plasmarlas. Mientras, recomiendo la película: me ha gustado también mucho la recreación de Alejandría en aquella época.¡Qué fascinante!

2 comentarios :

ANA dijo...

Tarea pendiente... la veré...

btt dijo...

Creo que he leido algo en tu blog que hace también referencia a esta idea...es decir, como puede ser que un creyente esté convencido que puede imponer sus ideas, justificadas en el último escalón por su fe, a otras personas que no tienen su fe...cuanto más cuanto la fe es don divino...es el colmo de la discriminación divina...o sea que capullo!! a mi no me da el don de creer y me imponen las ideas que se justifican en ese don que me ha negado...
Tengo una madre tan católica integrista como gustosa de la polémica, vamos que discutimos de cada tema que se plantea y nunca consigo que me dé la razón...pero una vez casi casi casi la conmuevo...hablábamos de esto precisamente y llegamos a ese momentazo en el que todo católico se encierra en el don de la fe como verdad última que justifica toda la mieeeeerda que han soltado antes de este momento y le pregunté : "¿pero mamá que he hecho yo para que dios no me haya dado el don de la fe? ¿que hice?¿por que me lo niega?" y cuando casi estaba a punto de ser reconvertida...me dijo: "Hija, la fe también hay que trabajarla" Hay que joderse con el don divino...

Publicar un comentario

¿Algo que añadir, quitar, comentar?